SECOND PLACE

Humedales de la sabana de Bogotá

Diana Balcázar Niño   Revista Avianca - Bogotá   September 2000


Al percibir un movimiento en la orilla, el garzón estriado alza el vuelo desde las hierbas en que se ha parado y se posa veinte metros más allá, sobre la rama desnuda de un árbol que crece en medio del agua.

En ese corto trayecto se le alcanza a ver la mancha pareja de color gris azuloso de la parte superior de la cabeza, y el gris claro del resto del cuerpo. Y al voltearse para vigilar al visitante desde la seguridad de su percha, el sol le ilumina las estrías castañas que recorren su cuello de arriba hacia abajo, el amarillo de los ojos y el largo y filudo pico, del mismo gris azuloso de la cabeza.

Son las seis y media de la mañana, y el ave, disimulada entre la vegetación del borde del humedal, espera, estática, como es su estilo, para no ser notada, el paso de una rana o una libélula para completar su desayuno. El hambre, después de una larga noche, la acosa, como a casi todas las criaturas del lugar, que a esa hora se entregan a recuperar las energías perdidas durante las horas de oscuridad.

Cerca, otros dos garzones vuelan hacia un sitio seguro. Y más atrás, entre unos macizos de altas lengüevacas, las cabezas blancas de unas diez garcillas bueyeras se asoman, alertadas sus dueñas por la reacción de los garzones.

El intruso comprende que está importunando y se devuelve por el camino. Los garzones esperan varios minutos, y sólo cuando se sienten seguros vuelven a su actividad y ubicación originales.

En ese momento, el visitante, que sigue observando a las aves pero escondido detrás de un sauce, oye la potente corneta de un bus en la avenida, y recuerda que está en la ciudad.

La ciudad es Bogotá. El sitio, el humedal de Córdoba, un cuerpo de agua de cuarenta hectáreas de extensión, situado en el noroccidente de la urbe y bordeado o fragmentado por avenidas como la Córdoba, la Pepe Sierra, la Boyacá, la 127 y la Suba. Por ellas, a toda hora transitan cientos de carros apresuradamente, pitando y produciendo humo y ruido, ajenos al valioso refugio de fauna y flora por el que pasan.

Rica reserva

El humedal está compuesto de una zona central llena de agua, con algunas partes despejadas, o 'espejos de agua', y con el resto cubierto por hierbas flotantes, como el buchón, el botoncillo, la lenteja y la sombrillita. Luego viene una zona de transición entre el agua y la tierra, llena de plantas enraizadas en el fondo, como el papiro, la lengüevaca, el cartucho y la enea, que en algunas partes invaden también la zona central. Y termina con una zona de borde, o 'ronda', con enredaderas, bejucos y arbustos, primero, y luego con pastizales, habitados por eucaliptos, urapanes, acacias y pinos de gran altura.

En esta zona, especialmente junto al barrio Niza, han sido sembrados por los vecinos miles de árboles de especies nativas, como trompetos, alisos, cauchos sabaneros, cedros, arrayanes y arbolocos, dando como resultado un hermoso bosque. Esto ha contribuido a que el humedal se convierta en el sitio más rico en aves del perímetro urbano de la ciudad, pues cuenta con 96 especies, de las cuales 34 son migratorias del hemisferio norte, dos del hemisferio sur y dos endémicas -exclusivas de una sola región del mundo-: el chamicero y el azucarero.

Bellos y útiles

Los humedales son cuerpos de agua de no más de seis metros de profundidad, con amplios sectores donde se combinan el agua y la tierra, lo cual permite la existencia de plantas que se adaptan a esos ambientes, y que a su vez sirven de alimento o refugio para muchas especies animales. Y en esa función de dar vida ofrecen gran atractivo estético.

Pero también cumplen otras importantes funciones, como regular el caudal de los ríos y quebradas que los nutren -con lo cual evitan inundaciones- y purificar el agua -debido a que las plantas acuáticas consumen los desechos orgánicos y químicos, a que el lento paso del líquido le ayuda a oxigenarse, y a que muchos residuos contaminantes se quedan en el fondo. También permiten la recarga de los acuíferos subterráneos.

Los humedales han formado parte de la Sabana de Bogotá desde hace millones de años, y son el resultado del gradual desecamiento del antiguo lago de Humboldt, que la cubría. Pertenecen a la cuenca del río Bogotá y al sistema de humedales del altiplano cundiboyacense, el más importante del norte de Los Andes, y sitio clave en el continente para el paso de las aves acuáticas migratorias.

Pero de unas cincuenta mil hectáreas que cubrían la Sabana hasta los años cuarenta, restan sólo aproximadamente mil quinientas. En Bogotá y en las zonas aledañas sólo sobreviven dieciséis de estos cuerpos de agua.

Humedal florecido

Uno de los más importantes y conocidos humedales de la ciudad es el de La Conejera, situado junto al barrio Compartir, en Suba.

Después de una malla que lo rodea para protegerlo, se encuentra un bosque de árboles apropiados para sembrar junto a los cuerpos de agua, como los alisos y los arbolocos, cultivados en un vivero de la Fundación Humedal La Conejera, que administra el lugar y se ocupa de su preservación y recuperación, con la colaboración de los vecinos. Después del bosque se encuentran, entre juncos, lenteja de agua y otras plantas lacustres y palustres, muchas aves acuáticas, entre ellas dos especies endémicas en peligro de extinción: el cucarachero de pantano y la tingua bogotana.

En el lugar se han registrado 87 especies de aves, 126 de plantas, siete de mamíferos, tres de reptiles y dos de anfibios, y es el único sitio del mundo en donde sobrevive una planta en vías de extinción llamada Senecio carbonelli
Otras joyas de la ciudad

Desconocidas por muchos, otras joyas de la ciudad todavía siguen prestando sus servicios, como el humedal de Santa María del Lago, situado en la carrera 76 con calle 76, en donde pueden verse algunas valiosas aves acuáticas y peces de las especies capitán y guapucha.

El humedal más grande es el de Tibabuyes. Lo habita diversa fauna, como la monjita y la garza azul. A él se puede llegar por barrios como El Rincón y la Ciudadela Colsubsidio.

En Bosa, el de Tibanica, al que se llega por el barrio Manzanares, es todavía muy grande también y conserva aves muy valiosas, como el cucarachero de pantano.

En el de Capellanía, en Fontibón, situado al nororiente de la avenida del Ferrocarril, casi no se ven árboles en la ronda, pero en sus plantas acuáticas se esconden aún algunas especies animales. El de Guaymaral, al norte de la ciudad, que resultó dividido cuando se construyó la autopista Norte, conserva enea y junco en el separador y en el sector occidental de la vía.

Al suroccidente de la ciudad, entre Bosa y el pueblo de Soacha, está el de Neuta, donde todavía se pueden ver buenos espejos de agua. En el de La Florida quedan algunas aves, como la tingua bogotana, el pato turrio y la caica, que se han visto afectadas por el retiro de buena parte de la vegetación de las orillas. Y saliendo de Bogotá por el occidente, a mano izquierda del pueblo de Mosquera, se puede aún disfrutar lo que queda de la antigua laguna de La Herrera. Otros humedales son Jaboque, en Engativá; El Burro, La Vaca y Techo, en Kennedy; Tierra Blanca y La Muralla, en Soacha, y El Gualí, en Funza.

Humedales en peligro

Todos estos humedales corren el peligro de desaparecer. La mayoría han sido utilizados como depósitos de aguas negras, y en los barrios en que hay redes de alcantarillado, todavía reciben aguas residuales por medio de conexiones erradas dirigidas a las tuberías de aguas lluvias, quebradas y canales que los alimentan. Esta contaminación produce malos olores y una alta concentración de nutrientes, que hace proliferar el buchón, el cual va cubriendo poco a poco el espejo de agua y al morir se sedimenta en el fondo. También, el pasto quikuyo los invade.

Por otra parte, algunos de estos ecosistemas todavía reciben la visita de volquetas con escombros para rellenarlos y construir barrios piratas; o son utilizados como botaderos de basuras, o han sido -o lo serán- fragmentados por avenidas como la Ciudad de Cali y la de Cundinamarca.

Recientemente, un proyecto de la Alcaldía de Bogotá busca convertir el de Córdoba y otros humedales en parques urbanos con ciclorrutas, caminos peatonales adoquinados, postes de luz, bancas, plazoletas y estacionamientos para bicicletas, combinado con retiro de setos, arbustos y en muchos casos árboles. La Asociación Bogotana de Ornitología se opone al proyecto porque considera que obstaculizará los procesos de alimentación, descanso y crianza de las aves. Piden, en su lugar, la creación de una reserva de fauna y flora en Córdoba.

La conciencia sobre la importancia de los humedales ha ido creciendo en la ciudad, y todos tienen organizaciones comunitarias que se preocupan por ellos. También, la Alcaldía de Bogotá acaba de anunciar un proyecto para descontaminarlos.

Sin embargo, la participación de la ciudadanía en general en su recuperación y defensa es necesaria para que estos ecosistemas se mantengan como santuarios naturales y continúen prestando grandes servicios para las generaciones futuras.